jueves, 26 de febrero de 2009

Me llamo Javier

Nada más salir del taxi tuve la sensación de que me habían tomado el pelo. Y no porque el veterano taxista diera un pequeño rodeo para llegar a mi calle, que también, sino porque me acababa de dar cuenta de que el número de teléfono que había anotado en una servilleta del Starbucks era el de “Dónde estás corazón”. Con razón me sonaba tanto, han sido muchos los viernes viendo DEC con mi exmujer, con quien tenía perdida la batalla por el mando a distancia. Ésa y otras muchas que ahora no vienen al caso.

Mientras esperaba el ascensor que me iba a subir a mi cochambroso piso de alquiler compartido me preguntaba como a estas alturas una mujer que, como yo, se deslizaba ya a todo trapo por la treintena rumbo a los cuarenta, no había podido largarme con un sencillo “perdona, pero prefiero no darte mi número, no quiero que volvamos a quedar”. ¿A santo de qué esta tía tenía que darme un teléfono falso?

Y el caso es que me parece extraño que lo haya hecho, porque la cita estuvo muy bien, primero una película bastante decente, luego un par de cafés y una agradable conversación en una tranquila cafetería y, para terminar, un bonito paseo hasta el parking donde había dejado su Golf. Bueno, he dicho que todo estuvo muy bien, he exagerado algo, todo todo no, el momento de la despedida fue bastante patético, mi tímido intento de besar sus labios termino convertido, gracias a un hábil giro de cabeza suyo, en un casto beso que fue a caer a medio camino entre su ojo y su ceja.

Tampoco es que me hubiera hecho muchas ilusiones de terminar la noche en su cama o en la mía, seamos sinceros, en ningún momento me pareció del tipo de mujeres que se acuestan en la primera cita, y además ya me había advertido mi amigo Carlos, que fue quien me presentó a Esther unos meses antes en la fiesta de Nochevieja que organizó en su casa, que desde que rompió con su novio de toda la vida, hacía ya más de tres años, no había vuelto a salir con nadie. Y propuestas no la habían faltado, porque era con mucho la mujer más guapa de su oficina. Todo esto me lo dijo Carlos con otras palabras, algo más contundentes, “¿Esther? Buah, está de vicio la cabrona, pero es estrecha de cojones”.

De regalo también me comentó que en todos los años que llevaban compartiendo oficina y salidas nocturnas sólo la había visto perder el control en una ocasión, en la cena de Navidad del año pasado, cuando bajo los efectos del alcohol terminó, tras paso previo por los brazos de un fornido camarero rumano que la tuvo que bajar de la barra, en brazos del más joven de los becarios de la empresa, el único que a esas horas aún conservaba una cierta facilidad de palabra.“¡Qué suerte tuvo el niñato de Jacobo, se la trincó allí mismo, en los baños del pub! Claro, que con el pedo que llevaba Esther yo hubiera hecho lo mismo, nos ha jodido. Eso sí, al día siguiente ya me encargué yo de que Jacobo no tuviera un segundo para pensar en ello, le tuve toda la mañana revisando pólizas y expedientes atrasados, por cabrón".


Es curioso, cuando el viernes anterior, en la fiesta de cumpleaños de Carlos, me lancé a preguntarla si querría ir al cine conmigo el domingo por la tarde tenía el presentimiento de que me diría que sí, como finalmente hizo tras ponerse tan roja como su suéter. Los más de diez años transcurridos desde la última vez hiciera una propuesta semejante -con un matrimonio, dos hijas y un divorcio incluidos- me han hecho perder forma física, algo de pelo y prácticamente el 100% de los anticuerpos para resistir las mañanas de resaca, pero no una cierta habilidad innata para saber en que río puedo echar el anzuelo con muchas probabilidades de éxito.


Mientras tiraba el abrigo encima de la cama de mi cuarto y volvía a mirar como un tonto la servilleta del Starbucks, me volvía a preguntar porque me habría dado el teléfono de DEC. ¿Había sido un error inconsciente,un baile de números o una forma como otra cualquiera de librarse de mí? Confío en que no haya sido un lapsus porque yo le recuerde a Mariñas. O peor aún, a la Patiño. Si por lo menos ha sido porque le recuerdo a Cantizano no va mal la cosa. Aunque esto último es totalmente absurdo, claro, si yo le recordara a Cantizano ahora en lugar de estar utilizando mi cama para apoyar el portátil y escribir estas chorradas estaría dándole un uso bien distinto. Más agresivo, y me temo que bastante perjudicial para su maltrecho estado, pero mucho más placentero para un servidor.

Bueno, voy a intentar dormir, creo que esta noche no tendré problema de ruidos, Ahmed, uno de mis compañeros de piso, duerme solo, su chica no se ha quedado a dormir, creo que está de exámenes. La cama de Ahmed, quinta de la mía pero mucho más trabajada, lo va a agradecer. Y yo también. Mal de muchos consuelo de tontos.


Por cierto, creo que no me he presentado, me llamo Javier.



(Ésta es la primera parte de un relato con el que intentaré castigaros cada viernes. No sé si tendré el tiempo, las ganas y, sobre todo, la inspiración suficiente para continuar la historia de Javier, pero ya que le he 'parido' tendré que tratar de darle algo más de vidilla al pobre hombre, no le voy a dejar para siempre ahí acostado en esa cama tan fea).

6 comentarios:

Beni dijo...

Gracias por la dedicatoria, primero de todo, y después, ánimo con la historia, que espero que continúes, que empieza muy bien. Inspiración tienes, ganas y tiempo, ya se verá, esperemos que sí.

Empancinado dijo...

La verdad es que usted vale lo mismo para un roto que para un descosio.

Espero que el final de la historia no sea que lo ha soñado todo...

Anónimo dijo...

Bueno, ahora a ver cómo continua la historia, espero que no sea un final flojo, jejejeje

Anónimo dijo...

La historia de Javier me ha intrigado, sobre todo lo del teléfono de DEC, que me ha descolocado del todo. Me parece un comienzo interesante para una historia que puede se prometedora.

Ánimo, estaremos esperando la próxima entrega como agua de Mayo.
Por cierto, tendrá que cambiar de cama, sino no se comerá una rosca.

Anticlea

Angelote dijo...

Ya veo que tienes miedo de los nuevos blogs que vienen pegando fuerte, el mío por ejemplo, y has decidido innovar para no perder lectores. El caso es que lo has hecho jodidamente bien, maldita sea.
Ahora a seguir manteniendo el nivel.

Anónimo dijo...

Vaya un quique mas espabilado, la historia tiene buena pinta.
un saludo David.