lunes, 21 de enero de 2008

La sentadilla cósmica

Pues aquí están otra vez los chicos de "La Hora Chanante" (ahora "Muchachada Nui"). Ya sé que a algunos no les hacen nada de gracia, pero como yo me parto el ojete con ellos y el blog es mío os los pongo de nuevo. A ver si con este testimonio de Madonna os convierto al "chananismo":


viernes, 11 de enero de 2008

¿Nuclear? No, gracias


Si hace unos días ironizaba sobre la ecología y el cambio climático hoy me toca ponerme serio para hablar de la energía nuclear. Aquí sí que me pongo la camiseta verde sin ninguna duda y hago el mío el famoso lema de los años 80: ¿NUCLEARES? NO, GRACIAS.

La historia debería servirnos para que aprendiéramos de nuestros errores con el fin de no volver a repetirlos. Pero parece que no, que tras una tregua motivada por la tragedia de Chernobyl, los políticos vuelven a la carga con la milonga de que la energía nuclear es más limpia, más segura, más barata...
Me niego a aceptar estos argumentos, que ahora encima adornan con la excusa de que es necesaria para evitar el cambio climático. ¿Por qué no apuestan los gobiernos de una vez por todas por las energías renovables y por reducir el consumo energético?

El eterno argumento de los ecologistas sobre la conservación de los residuos generados por las centrales nucleares me sigue pareciendo totalmente válido. ¿Quién sabe que pasará dentro de cientos o de miles de años? Si por las razones que sean no tenemos recursos para comer, ¿vamos a destinar recursos a mantener las centrales y los residuos generados?

En este caso me da igual la coloración política, me da igual que el mensaje venga de la izquierda o de la derecha, conmigo que no cuenten:

jueves, 3 de enero de 2008

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Una de cuernos

Hoy estoy cabreado. Resulta que ayer, en lugar de cortarme el pelo en mi peluquería de siempre, la peluquería de Miguel, me dio por ir a una de esas modernas peluquerías unisex. ¡En qué hora!

La verdad es que llevaba ya varios días intentando ir la peluquería de Miguel, pero a la hora a la que yo puedo ir nunca estaba libre (es que esta peluquería en lugar de ser unisex es "unipeluquero" y conseguir hora es complicado), y como ya tenía unos pelos que parecía Maradona, ayer, cuando estábamos de compras por el centro comercial, vi una pelu y me dije, "pues aquí mismo".

¡Joer, que peluquería! Anda que no hay diferencias entre las peluquerías modernas y las de caballeros de toda la vida. Se parecen como un huevo a una castaña. Para empezar la decoración no tiene nada que ver. En las de toda la vida tienes un par de posters, una radio, el Interviú, tu peluquero repeinao -con su chaquetilla blanca y su cigarrito- y huele a loción de afeitar, tipo Varón Dandy o similar. Por cierto que esto último se agradece, sobre todo en verano, si al repeinao le canta el alerón. Que no es el caso de mi Miguel, que conste.

Las peluquerías modernas son mucho más grandes que las clásicas, no hay Interviú, ni radio, y tienen un aire psicodélico, porque están llenas de luces raras, casi de color violeta, que no sabes si estás entrando en una pelu o un after-hours. Enseguida se dirige a ti una joven -lo que te confirma que no estás en un after- con un peinado súper raro y el pelo de colores que te pregunta qué quieres. Y tú piensas, "¡pues, coño, no es esto una peluquería, que voy a querer, cortarme el pelo! A ver si me he equivocado de sitio...".


Total que pasas y te sientan en una de las 20 sillas que tienen. Otra diferencia con la pelu de Miguel, que sólo tiene dos. Bueno, siendo estrictos una y media, porque está el sillón y luego una sillita pequeña que pone encima del sillón cuando corta el pelo a algún niño. Que siempre pienso yo que entre la poca estabilidad que tiene el invento y lo que se mueven los niños tiene que ser complicadísimo cortarles el pelo. Normal que a veces salgan con trasquilones. En mi barrio de Madrid había unos peluqueros que les llamábamos "los cherokees", imagináos como salíamos de allí...

La diferencia más sustancial es que en estas peluquerías te despachan en mucho menos tiempo. Miguel, tengas mucho o poco pelo, está la media hora de rigor contigo, porque cuando ha terminado con la tijera te repasa con una cuchilla, te recorta milimétricamente el cuello, las patillas, luego te pasa el secador...

En estas otras en diez minutos te han despachado. Y encima te cobran más, lo cual es bastante incoherente. Será a lo mejor porque como antes de cortarte el pelo te lo lavan tienen que amortizar el agua caliente y el champú. Cosa, esto de lavar el pelo, que siempre he pensado que sería más útil que hicieran después de cortártelo, para quitarte todos los pelillos que se quedan, no antes, ¿no?

Aunque sí reconozco que que te laven el pelo dándote un masajito tiene su punto. Aunque ya puestos tendrías que poder elegir tú donde te masajean. A mí una vez se me ocurrió decir "¿señorita, le importa seguir un poco más abajo, que tengo una contractura en el hombro derecho?" Y ella, muy fina, me contestó, "¿y a usted, le importa que le meta el champú con extracto de eucalipto y mentol por el culo?" Me puse más rojo que un tomate.

Luego otra cosa curiosa es que todas estas peluquerías modernas tienen nombre italiano. Tú eres peluquero y quieres ponerle a la peluquería tu nombre tal cual y no puedes. Por ejemplo, si tú te llamas Genaro León tienes que poner Peluquería Gianni Leone. No sé el porqué pero es así. Debe ser una ley no escrita del gremio de los peluqueros.

Mi peluquero en cambio se saltó esta norma. Peluquería Miguel. Con un par. Pensaría, "a ver ¿qué negocio voy a montar? Una peluquería ¿Y cómo me llamo? Miguel. Pues ya está, Peluquería Miguel". Si a veces las cosas son así de simples, no hay que complicarse tanto la vida.

Y lo que más me jode de estas peluquerías, más incluso que que me corten el pelo peor y me cobren más dinero, es que siempre me dicen que se me está cayendo el pelo, que tengo el cabello débil. Te lo dicen siempre con cara grave, muy seria, como si te estuvieran diciendo que tienes una enfermedad incurable. Mientras juguetean con los cuatro pelos de mi coronilla me sueltan, "se le está cayendo el pelo, tiene ustede el cabello muy débil!" "¡No jodas! ¡Pues habrá sido ahora mismo, porque cuando salí de casa yo tenía un pelazo que ni Antonio Banderas! A ver si ha sido el jodío champú ese de mentol que me has puesto antes...".

Por eso también me gusta que me corte el pelo Miguel, que me lleva viendo el cartón muchos años y no se escandaliza. Y además está más calvo que yo, que eso siempre sube la moral.

Encima la peluquera de ayer me estuvo dando la brasa los diez minutos que duró el corte de pelo con que comprara un champú especial anticaída y unas ampollas revitalizantes. Se ve que la tía llevaba comisión, porque no paró de contarme las virtudes del champú de las narices. Si me dijo hasta la frase que nunca falta en el repertorio de todo buen comercial: "mi novio lo utiliza y le va fenomenal". Todos los vendedores en algún momento dicen lo de "si éste es el que tengo yo -o su mujer, o su madre, o su hermano- y va de maravilla". Bueno, pues el champú en cuestión costaba 20 euros, así que, pese a los demostradísimos y maravillosos efectos sobre el cuero capilar del novio de la peluquera, allí se quedó, en su preciosa estantería de diseño.

¿Y sabéis que es lo peor de todo? Que encima me siento culpable por haber ido a otra peluquería. Estoy como si le hubiera puesto los cuernos a Miguel. Espero no encontrármelo por la calle y tener que darle explicaciones. A ver si me crece el pelo pronto...

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Después de brindar

Su último novio se llamaba Fidel y ha sido, con diferencia, el que más daño le ha hecho. Y eso es mucho decir, porque la lista de novios de mi hermano ha sido muy larga y algunos eran verdaderos especialistas en eso de joderle. Pero tan cabrones como éste, ninguno.

Fidel es uno de los diseñadores gráficos más cotizados de la ciudad y si a eso le sumas sus ojos verdes, su sonrisa encantadora, su corte de pelo a la última y su 1,90 el resultado es el gordo de la primitiva. Y a mi hermano le tocó un sábado por la noche en el Tupperware, uno de esos antros de Malasaña que una no acaba de entender nunca porque están tan de moda.

El porqué un tío así se fijó en mi hermano sigue siendo una incógnita para mí. Quizá porque cuando estás tan bueno llegará un momento en que te aburras de follarte a tíos tan guapos como tú y te dé por probar otras cosas, otros platos. Dicen que el champan a diario sabe a gaseosa y se ve que éste debía estar hasta los huevos de Dom Pérignon.



Ni que decir tiene que mi hermano, prescindiendo del físico y del dinero, le daba mil vueltas. Pero no nos engañemos, en la lista de las cosas que importan en una relación, el corazón y el cerebro están bastante por detrás de los músculos, los centímetros y la cartera.

La penúltima que le hizo fue despreciarle un collar de 600 euros, diciéndole que una horterada así no se la ponía ni Rappel. Y la última fue liarse, en su puta cara, con un tío clavado a Brad Pitt. Por lo menos esto sirvió por fin para que de una vez por todas mi hermano entendiera que se tenía que olvidar de semejante elemento.

Tampoco digo que Fidel fuera el único culpable de la infelicidad de mi hermano, todos pusimos nuestro granito de arena. Y el primero él mismo, que tenía una habilidad especial para escoger siempre la peor opción de todas las posibles. Sin ir más lejos, al nacer escogió la belleza de los Astarloa y el cuerpo de los Brufau, cuando la opción correcta era la contraria. Es decir, que mientras sus hermanas heredamos la belleza de mamá y la altura de papá, él lo hizó al revés, bajito como mamá y feo como papá.

Tampoco ser gay en una familia de militares era una opción demasiado acertada. Ver a mi hermano en las competiciones para hijos de militares que se organizaban en el cuartel con motivo de la Pascua Militar era todo un show y la cara de mi padre un poema. Bueno, para cara la que puso cuando mi hermano apareció en mi boda con una levita azul cielo a lo Beckham de la mano de un maromo de casi dos metros. Que para más inri era negro. A mí me entró la risita floja y no me hice pis en las bragas de milagro.

El maromo se llamaba Eusebio y era un cocinero mozambiqueño del restaurante de comida rápida donde mi hermano acabó trabajando, tras dejar colgada la carrera de Derecho en el último curso y un fugaz paso por la facultad de Filosofía. No era el trabajo soñado, pero ganaba lo suficiente como para pagar el alquiler y el curso de interpretación, su última, tardía y, según él, "verdadera vocación".

Cuando en las reuniones familiares inevitablemente eres comparado con tus perfectas hermanitas, dueñas de un estudio de arquitectura, con hijos y maridos de anuncio de electrodomésticos, es fácil entender que las trates de evitar por todos los medios, con excusas de todo tipo. Su vieja gata Gloria era toda una experta en estar a punto de morir cuando llegaban determinadas fechas, como las navidades o los cumpleaños de mis padres.

Pero sorprendentemente esa Nochebuena sí que apareció, impecable con su traje negro de Armani (no sé como demonios se lo podía permitir) y sus enormes gafas de sol, complemento útil para ocultar unas ojeras y unos ojos que evidenciaban no haber pasado precisamente una plácida noche.

Después de brindar se levantó y se despidió de los comensales. Antes de entrar en su habitación, donde todavía seguían colgados los viejos pósters de Madonna y Axl Rose, pasó por el despacho de papá y cogió la pistola que el viejo guardaba bajo llave en el primer cajón de su escritorio.

Justo cuando mamá salía sonriente de la cocina con una bandeja repleta de turrones y mazapanes se escuchó un disparo. El ruido de la bandeja de plata al golpear el suelo coincidió con el último gong del viejo reloj de pared que anunciaba que ya era medianoche.



(basado en la canción "Después de brindar" de Ariel Rot)

jueves, 15 de noviembre de 2007

Despedidas y regalos


Hace unos días se despidió Fran, compañero de trabajo en la Junta, que dejó su puesto en Toledo para irse a su ciudad natal, Albacete, para así poder estar con Elena, su mujer, y con el pequeño Alberto, que nació hace tan solo un par de semanas.

Unos días antes se había ido otra gran compañera de trabajo y de cafés, Mari Carmen, que ha cambiado la presidencia de la Junta por el Sescam. Y algo después nos dejó también otro compañero, Juanjo (legolas), para marcharse a Galicia, su tierra.

Han sido tres bajas importantes, porque a los tres les apreciaba mucho. La verdad que se les echa de menos, pero como sé que les va muy bien y que era su deseo irse sólo me queda alegrarme por ellos.

Cuando se fue Fran organizó una comida de despedida y decidimos comprarle un regalillo entre unos compañeros. Le compramos un libro sobre cine, que es una de sus pasiones. Las artífices del regalo fueron Maite y Carmen, y el ideólogo, al que se le ocurrió qué comprarle, Álvaro.

Yo la verdad que había propuesto otro regalo, contratar una stripper para que amenizara la comida de despedida. No me digáis que no es un regalo original. Y a buen seguro le hubiera gustado por lo menos tanto como el libro.

Hombre, lo del libro tuvo su parte buena, porque al final de la comida nos pidió que se lo dedicáramos y todos pudimos ponerle unas palabras cariñosas que siempre tendrá ahí de recuerdo. Que no digo yo que en la stripper no pudiéramos haberlo hecho igual, pero quizá la letra hubiera salido algo más irregular.



Además, llevarse a la stripper a casa no sé, igual a Elena no le había hecho gracia, que las tías sois así de raras. Me veo a Fran llegando con la Vane a Albacete con cara de póker y dándole explicaciones a su señora “que no te enfades, cariño, si es que es un regalo que me han hecho los compañeros. A ver que querías que hiciera, no les voy a hacer un feo. Si a mí tampoco te creas me gusta, hubiera preferido algo más clásico, una corbata…”. Ya. No se lo cree ni él.

Y que luego nos habría salido por un pico, porque estas señoras tengo entendido que cobran por horas, y con la subida de los tipos de interés y la inflación tampoco están nuestras economías muy boyantes.

Además, yo creo que tener una stripper en casa acabará cansando, ¿no? Al principio muy bien, pero luego con la convivencia empezaran a surgir los típicos roces, del tipo “perdona, Vane, ¿te importaría tener un poquito de cuidado cuando arrojes tu tanga? Ha caído justo en mi plato de sopa” o “Vane, ¿por qué no vas a contonearte a otro sitio, que estoy intentando ver el partido y tu culete me impide ver la pantalla?”.

Así que mejor el libro, seguro. Vamos, digo yo. ¿O no?

Descubriendo Nessun dorma



Sole, una compañera de trabajo, a raíz de la muerte de Pavarotti me mandó por mail una grabación de una de sus actuaciones. No soy aficionado a la ópera, la verdad, no distingo un tenor de un barítono, ni un oboe de una tuba, pero me puse los cascos y abrí el archivo mp3 dispuesto a escucharlo, pensando, todo hay que decirlo, que sería un rollete. Bueno, pues tengo que decir que la canción me puso la carne de gallina, literalmente. Me encantó. Sobre todo la parte final es impresionante. La canción era Nessun Dorma, de la ópera Turandot, de Puccini.


Bueno, pues a partir de haber escuchado el Nessun Dorma por primera vez, desde ese momento, la he vuelto a escuchar un montón de veces, en anuncios, en el hilo musical del dentista, en la radio. Incluso Buenafuente hace unos días hizo un playback con esta canción. Es curioso como algo que ha permanecido oculto toda tu vida de repente en unos días aparece por todas partes.


Os cuento un poco de que va la ópera Turandot para comprender mejor el Nessun Dorma. Turandot es una princesa china, hija del emperador, que anuncia que se casará con aquel príncipe que responda correctamente a 3 acertijos. El precio por fallar es caro, la muerte. Aún así hay muchos valientes que aceptan el reto, pero ninguno es capaz de superarlo. Hasta que llega Calaf, un príncipe tártaro, que acierta las 3 adivinanzas, superando así la prueba.

Ante la desesperación de Turandot, que no quiere casarse de ninguna manera con Calaf, éste, galantemente, le concede una oportunidad para librarle del futuro matrimonio: si ella adivina su nombre antes del alba, él morirá.

Nessun Dorma (nadie duerma) es el aviso que van dando por las calles de Pekín los hombres del rey para que todo el mundo intente averiguar el nombre del príncipe antes de que amanezca, con pena de muerte incluida para aquel que sepa el nombre del príncipe y no lo diga.

El aria es interpretado por el príncipe, pletórico y seguro de su victoria, mientras contempla las estrellas, deseoso de que la noche pase rápidamente y llegue el alba ("All’alba vincerò! Vincerò! Vincerò!").

Muchos grandes tenores han interpretado este aria, entre ellos Plácido Domingo, José Carreras y, por su puesto, Pavarotti. Aquí os pongo el vídeo con la actuación de Luciano Pavarotti. Gracias, Sole, por descubrirme esta maravilla.